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Érase una vez...

Historias

El reloj de la felicidad.

El reloj de la felicidad.

Hace muchos meses que cerré esta página. La falta de tiempo y la ausencia de la musa hicieron que abandonase este rincón mágico. Pero, he decidido volver a escribir. Supongo que hasta que no me vuelva a acostumbrar a pensar historias, lo que salga de mi mente ahora mismo dejará mucho que desear.

Pero tiempo al tiempo. Espero veros por aquí :) He vuelto. 

               

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El reloj de la felicidad.

 

       
Ángela se podía pasar horas y horas sentada frente al reloj que un día trajo a casa su abuelo Alfonso.
Cuando ese reloj llegó a su casa, era el doble de alto que Ángela (hay que tener en cuenta que ella sólo tenía 7 años). Era de madera oscura y brillante. Cuando Ángela lo miraba, parecía que veía a alguien serio, imponente, majestuoso. Pero conforme iban pasando sus tic-tac, la sensación de Ángela cambiaba completamente.
Hace mucho tiempo, Alfonso le contó la historia de ese reloj:


-Es un reloj muy antiguo. En la época de la Guerra Civil, me trajo mucha felicidad en aquellas horas de amargura. –Comenzó a explicar Alfonso.
-¿Y cómo puede traer un reloj felicidad? Sólo es un trozo de madera. –Replicó Ángela.
-Es un trozo de madera para aquellas personas que no saben apreciar los detalles de la vida. Para aquellos ojos que no alcanzan a ver la maravilla de la magia.
-¿Es un reloj mágico?
-
Calla, niña, y escucha atentamente. Este reloj me lo dio mi abuelo. Así que ya puedes imaginarte cuántos años hace de eso. En su día, me explicó cómo el ir y venir de sus agujas podían ayudarme en mis momentos oscuros.
Si algún día sentía miedo, sólo tenía que sentarme frente al reloj y conseguir acallar todos los ruidos de fuera. Tic-tac… Tic-tac… Tic… Así hasta que sólo escuchase el paseo del segundero por los números romanos. Poco a
poco mi temor se apaciguaría y la sensación de tranquilidad y seguridad me invadiría.
Pero no sólo me ayudaría en mis momentos malos. También cuando sintiese felicidad, sus agujas me servirían para que esa dicha la mantuviese más tiempo en mí. Un reloj mágico, sin duda.
Y ahora lo tenéis vosotros en vuestra casa. Lo que pasa es que tus padre, cuando eran niños, no aprendieron a creer en la magia. Pero estoy seguro de que tú si creerás en ella…


Ya ha pasado mucho tiempo desde que su abuelo le contase esa historia. Lo mejor de todo es que tenía razón: le ayudó cuando sentía miedo, tristeza, alegría, nerviosismo… Era un bálsamo para ella en cualquier situación. Pero después de muchos años, el reloj debía cambiar de dueño. El reloj tenía que seguir ayudando a las personas. Se tenía que dirigir hacia otro destino.


Hace dos meses, mi abuela Ángela me lo trajo a casa. Sabía que yo siempre he creído en la magia. Y ahora su tic-tac suena en mi salón.

 

[¿Puedo ayudarte?]

[¿Puedo ayudarte?] -¿Puedo ayudarte?

Le preguntó aquél extraño.

Sofía se secó las lágrimas de la cara y respondió apenas con un hilo de voz.

-No... Gracias... Nadie puede ayudarme.
-¿Pero has intentado pedir ayuda? Tal vez yo pueda, y te sorprenda.
-Lo he pedido a gritos, pero parece ser que todos se quedaron sordos. No me gusta mi vida. Tengo un trabajo en el que me humillan y encima cobro 400 euros puercos. Mi familia está demasiado ocupada para saber siquiera de mí...
-Bueno, tienes razón. Yo no puedo ayudarte. Pero sé de alguien que sí podrá hacerlo. Es más, es la única persona que conseguirá cambios en tu vida. Y esa persona eres tú. Eres la única persona que puede hacer que tu suerte cambie. Si no te gusta tu trabajo... ¿has buscado otro? Si tu familia no tiene tiempo para saber de ti... ¡Llámalos y así sabrán! Y si no te gusta nada de lo que te rodea, haz todos los cambios que puedas para que te guste a partir de hoy mismo.

Ambos se quedaron callados. Sofía rompió aquél silencio con un “gracias”. Después se despidieron y se marcharon cada uno para sus respectivos lugares.

Sofía, mientras caminaba hacia su casa, pensó en lo que le había dicho aquél hombre.

“Tiene razón... Estoy haciendo de un grano una montaña... Todo podría ser más fácil. Y por consiguiente, mejor. Si no me gusta mi trabajo, ¡me busco otro! Lo tengo todo al alcance de mi mano y no hago nada por cambiarlo... Definitivamente soy tonta”.

A partir de aquella conversación con ese hombre extraño, todo cambió para Sofía.

[¿Viajas conmigo?]

[¿Viajas conmigo?] Como cada tarde, Sofía fue al hospital a visitar a su abuelo Tomás. Tomás estaba ingresado desde hacía un mes por molestias respiratorias. Sofía entendía perfectamente qué le estaba ocurriendo a su abuelo, pero prefería no pensar en ello.
Iba a verlo cada tarde después de estudiar y los fines de semana también. Se lo pasaba bien estando allí, haciéndole compañía a Tomás. Sofía le leía un libro para que no se aburriera: “Ojalá fuera cierto”, se llamaba el libro. Una tarde tocaba lectura, y a la tarde siguiente tocaba charla o simplemente escuchar las interesantes historias que Tomás guardaba en un rincón de su mente.
Tomás tenía un compañero de habitación, Alberto. Alberto, se había convertido en uno más de la familia para Sofía. El libro que le leía a Tomás, también iba dirigido para Alberto. Y los días que tocaba charla o historias, Alberto era el que más se entusiasmaba contando sus anécdotas.
Tomás y Alberto le habían enseñado a Sofía infinidad de cosas. Sofía aprendió que las estrellas eran las hijas del sol y la luna. Que el mar era el amante secreto de la luna. A Sofía le fascinaban esas historias. Era mucho más divertido que todo lo que aprendía en el colegio.
Alberto había viajado mucho desde pequeño. En ese mes que había estado Sofía yendo a verlos, Alberto le había descrito cientos de lugares. En una sola tarde, Sofía y Tomás podían viajar con la imaginación a cientos de lugares. Paría, Roma, Sydney, Nueva Cork, Nicaragua, Argentina, México, el desierto de Sahara, etc. Lo describía todo a la perfección. No se olvidaba ni del más mínimo detalle.

“En el desierto de Sahara, es cierto que hace calor. ¡Pero sólo durante el día! Por la noche puedes llegar a coger hipotermias. Cuando caminas por allí, se te hace muy pesado el paseo. La arena se te mete dentro de los zapatos, y si se levanta una pequeña brisa, se te mete en los ojos. Es bastante incómodo. Pero cuando vez las maravillosas dunas, esa extensión tan inmensa de tierra, esa majestuosidad de paisaje, se te olvida todo.”

Mes y medio más tarde, a Tomás le dieron el alta. Se marchó a casa y se despidió de Tomás con la promesa de venir a verlo en cuanto retomara las fuerzas. Sofía también se despidió de él, sólo que ella le prometió seguir viniendo cada día, como había hecho hasta el momento. Y cumplió su promesa.
Un día, llegó a la habitación y Alberto no estaba. Les extrañó muchísimo. Fue en busca de la enfermera para preguntarle dónde le habían trasladado.

-Buenas tardes señora. ¿Sabes dónde han trasladado a Alberto Ruiz? -¿Alberto Ruiz?
-Lo siento, niña. Alberto murió anoche mientras dormía.

Sofía se quedó de piedra. No supo reaccionar.

-¡Cielo! No estés mal. Alberto fue muy feliz siempre. Supo verle el lado bueno a la vida, pese a que se tiró postrado en una cama de hospital la mayor parte de sus días…
-¡Eso no es cierto! Alberto viajó por todo el mundo. Él me describió cada rincón en el que estuvo y yo pude imaginármelo a la perfección.

La enfermera suspiró.

-Preciosa… Alberto era ciego desde que nació. Aunque hubiera viajado, jamás pudo describirte realmente lo que vio, puesto que nunca lo hizo. Pero que eso te sirva de consuelo. Alberto estaba tan enamorado de la vida y tan apegado a ella, que su mente vio todo lo que no pudieron ver sus ojos. Y esa imaginación tan grande, os sirvió a vosotros de entretenimiento. Os contó bellas historias de sus viajes imaginarios. Así no os mintió. Sólo, no os lo contó todo.

Sofía se marchó cabizbaja, pero con una sonrisa en la cara.

“Gracias por darme un trocito de tu felicidad e imaginación, Alberto”.

[Ángel sin alas]

[Ángel sin alas] Belén estaba enamorada. Enamorada de lo que le rodeaba. El cielo, los jardines de su barrio, el lugar de su trabajo, la tienda de Juan, el sol… todo le inspiraba buenos sentimientos. Se encontraba en un momento de su vida bastante agradable.

Unos meses atrás vio algo increíble. Estaba caminando de noche intentando relajarse tras haber tenido un día muy ajetreado. Caminaba por un parque. La carretera quedaba bastante lejos y sólo se escuchaba el sonido de los grillos anunciando la llegada del verano y del buen tiempo.

Se sentó en un banco. Echó la cabeza hacia atrás y suspiró. La noche se mostraba realmente hermosa. Belén gozaba de una imaginación realmente maravillosa. Aquél cielo estrellado, tan bonito, hizo que a su mente se le ocurriera una historia.

“Seguro que has tenido un gran día. Que tu gran amante, el día, te ha regalado un bonito ramo de flores. Todas tus hijas se agrupan para iluminar el firmamento. Hoy se han portado bien y has dejado que salgan a jugar y que nosotros podamos este maravilloso espectáculo. La noche… La luna… Las estrellas…”

Estaba completamente concentrada en dejar volar su mente y su imaginación cuando, de repente, escuchó un sonido entre los arbustos que estaban a unos metros de ella. Si de algo pecaba Belén era de ser muy curiosa. Se levantó silenciosamente y se dirigió hacia el lugar de donde provenía el ruido.

No vio nada. “Habrá sido algún bicho, que en esta época se ponen todos de acuerdo para salir a fastidiarme”. Ya se marchaba por donde había venido cuando volvió a escuchar un ruido. Esta vez, su instinto hizo que mirase hacia arriba.

Casi se desmaya cuando vio lo que vio. Estaba en el árbol. Primero vio un hombre y se asustó mucho. Pero, mientras estaba paralizada por el terror, aprovechó para observar bien y poder darse cuenta de que lo que estaba encima del árbol no era un hombre, sino un ángel.

“A ver Belén. Científicamente, esto que estás viendo es imposible. Venga, busca la cámara oculta que no debe andar muy lejos…” Pero lo que había encima del árbol bajó… volando. Efectivamente. Era un ángel.

-Perdona, no quería asustarte. Por favor, no grites. Me descubrirían y echaría a perderlo todo… - Le dijo el “ángel”.
-No puede ser… Tienes unas alas en la espalda. A los que llevan alitas como tú le solemos llamar ángeles. ¡Pero no existen! Son como las sirenas, los unicornios… ¡No existen! – Le respondió Belén.
-Si no existimos… ¿Qué estás viendo ahora, entonces?

De repente, escondió las alas y volvió a ser un hombre normal. Hablaron durante largo rato. Era un ángel sin alas para los mortales. Sólo las sacaba de noche y procuraba que nadie le viese. Pero aquella vez, fue un descuido muy tonto. Belén no daba crédito a lo que veía y oía.

Pasaron los meses y siguió manteniendo el contacto con Alejandro, que así se llamaba su ángel. Aunque aún le costaba asimilar que su gran amigo era un ángel, sabía que era totalmente cierto. Había leído historias de personas en cuyas vidas había aparecido un ser celestial, y desde el momento de esa aparición todos habían sido más felices.

Eso es lo que le estaba ocurriendo a Belén. Había aparecido un ángel en su vida para ser su amigo e iluminarle el camino. Desde aquella loca noche en el parque, su vida conoció la felicidad. Y comenzaba a conocer el amor… Y este amor, tenía unas alas enormes.

En algún momento de nuestras vidas, aparece un ángel para ayudarnos. A veces ni él o ni ella mismo/a saben que lo son. ¿Ha aparecido en la tuya alguno? En la mía sí.

Se llama Edu.

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El finde genial!!!! Ya he ido a la playa y estoy un poco morenita :p más bien estoy como un salmonete :s Bueno, que espero que os lo hayáis pasado muuuy bien.

[Pompas de jabón]

[Pompas de jabón] La primera vez que le compraron un bote de pompas fue en la feria. Era de color naranja con el tapón verde. Tenía una pegatina con un payaso haciendo pompas de jabón. Sus padres se lo compraron para que se callase y dejara de quejarse por la larga caminata. La verdad es que lo consiguieron. Elena consiguió estar callada el resto de la mañana.

No se cansaba de hacer grandes pompas. Le gustaba perseguirlas mientras volaban entre la gente y explotarlas. Una pompa, dos pompas… Millones de pompas podía hacer a lo largo del día. Era su juego favorito. Se quedaba horas y horas en su jardín con el bote de la pegatina del payaso y sus pompas pinchándose con el césped.

Con los años, comenzó a coleccionar esos tarros de hacer pompas. Los tenía de todos los colores. Rojos, verdes, rosas, azules, amarillos… Con dibujos de todas las clases. Payasos, perros, niños saltando, flores animadas… No tenía ningún tarro de pompas igual. Aprovechaba todas las ferias para comprarse uno nuevo.

Llegó a tener maravillosas antigüedades. “Cacharros viejos” para hacer pompas, como los solía llamar su madre. Una habitación entera de esos cacharros. Las paredes empapeladas de fotos de Elena haciendo pompas. Era maravilloso entrar en esa habitación con tantos espejos. A Elena le recordaba al País de las Maravillas. No sabía exactamente por qué. Tal vez por lo extraño que resultaba coleccionar esos trastos… En aquél país todo era raro. Ella, Alicia… Sus botes de pompas, el conejo al que perseguía. Y su madre, la Reina de Corazones.

Cuando estaba triste, solí irse al final de un camino que había en su pueblo. Allí, lejos de todo bullicio, había un banco de madera donde se solían sentar los caminantes cansados de sus largos y preciosos viajes. Se llevaba ahí uno de sus tesoros y se pasaba horas y horas haciendo pompas de jabón. Le gustaba imaginarse que por cada pompa que conseguía hacer, haría feliz a una persona en algún lugar del mundo.

Para Elena, sus pompas eran mágicas. Conseguían hacer sonreír a una persona inmersa en un mar de lágrimas. ¡Y era cierto! Posiblemente se reirían por la cara tan graciosa que ponía Elena cuando soplaba y la posterior cuando observaba a sus pompas mientras volaban. A la gente le resultaba cómico que se quedase tan ensimismada mirando esas tonterías.

Cuando estaba alegre, se iba a la orilla del mar y hacía pompas y pompas. Todos comenzaban a pensar que estaba loca. Pero en su locura, ella era plenamente feliz. Se evadía del mundo con sólo soplar y hacer salir una pompa. A veces pienso que se quedaba totalmente ensimismada porque su alma conseguía meterse dentro de esa pompa y olvidarse de todo lo malo y de todas las preocupaciones.

Sí, estaba loca. ¿Pero quién no lo está hoy en día? Quién más, quién menos, le pregunta a una margarita si ese chico del segundo está enamorado de ella, o lleva miles de tontos amuletos creyendo que atraerán la suerte. Todos estamos locos.

Yo, cuando estoy triste, me voy al mar, ya que es el único que consigue calmarme. Cuando estoy a punto de estallar, cuento mil veces hasta diez para no soltar alguna barbaridad a la persona que tengo delante. Y yo soy de las de la margarita. Siempre que cojo una, tengo la estúpida manía de preguntarle cosas. En lugar de decir “me quiere, no me quiere…” digo “sí, no…” y el abanico de preguntas es mucho más amplio.

Qué idiotas somos a veces. Juzgamos a una persona que logra ser feliz haciendo pompas de jabón y no somos capaces de ver lo que nosotros hacemos en situaciones extremas o simplemente cuando estamos tristes.

Yo admiro a Elena. Supo encontrar un camino hacia su felicidad. Y personalmente, me encantaría ser como ella. O al menos, ser como una de sus pompas de jabón.

[¿Dónde está la musa?]

[¿Dónde está la musa?] Pablo no se cansaba nunca de caminar. Sus ojos estaban cansados de ver tantas cosas. Había viajado por medio mundo y había visitado miles de maravillas que muy pocos habían descubierto.

Cuando se marchaba de casa en busca de un nuevo destino, tan sólo llevaba una maleta no muy grande, una libreta y varios bolígrafos. En sus viajes encontraba la inspiración, encontraba a su musa.

Había escrito infinidad de historias y de cuentos. Era maravilloso leer a Pablo. Sus historias de amor hacían que se te pusiera la piel de gallina. Muchos de sus relatos conseguían que liberases tu mente, que viajases al país de la Fantasía, al país de Nunca Jamás.

Había escrito historias en las que explicaba por qué el mar era tan grande (según Pablo, era porque los ángeles eran tan felices en el cielo y se reían tanto que no paraban de llorar de la risa, y esas lágrimas caían a la Tierra), por qué la Torre de Pisa estaba inclinada (un gigante se durmió apoyado en ella y a la mañana siguiente apareció inclinada o por qué aparecía el sol y la luna (simplemente, porque cuando no se mostraba uno, el otro se iba de fiesta y viceversa). Pablo tenía una imaginación interminable. O al menos eso parecía.

Un día, viajó hasta México. Visitó todos los sitios de interés que había. Probó la comida típica de allí y se mezcló entre sus habitantes para saber más de aquella preciosa cultura. Enfrente del hotel en el que se quedaba, había un parque. En este parque, había muchos bancos, árboles de todas las clases, flores de todos los colores, fuentes… Pero lo que más caracterizaba a este parque era lo limpio que estaba y todos los niños que jugaban en él.

“No voy a encontrar ningún sitio mejor que ese parque para comenzar a escribir”

Bajó y se sentó en un banco. Al lado de este había una fuente pequeña y delante tres niños jugando con una pelota. Abrió su cuaderno. Sacó el bolígrafo del bolsillo de su camisa. Y… Para total asombro de Pablo, no supo qué escribir. Estuvo allí más de una hora intentando inventar una bonita historia pero no consiguió nada.

Siguió viajando. Intentó escribir en lugares en los que nunca había estado. E incluso optó por quedarse en su casa y buscar algún sitio en ella o en su pueblo en el que volviera su inspiración. Pero no volvía. La musa le había abandonado.

Su imaginación estuvo de vacaciones durante tres años y durante ese tiempo Pablo estuvo más triste que nunca. Su verdadera felicidad, que era escribir, ya no la podía llevar a cabo. Un día, se marchó con unos amigos a un pueblo de Aragón, de escapada de fin de semana. Una vez más, intentó escribir una historia en un parque de aquél pueblo.

Ese parque no era como el de México. Apenas había flores y los árboles tampoco eran muy abundantes. Los bancos eran de madera y se veía claramente que eran muy viejos. Sólo había una fuente en todo el parque y para colmo no estaba muy limpio. Sólo había una niña jugando con un palo.

Pablo se acercó a ella.

-Hola. ¿Cómo te llamas? –Le preguntó Pablo.
-Laura.
-Encantado Laura. ¿Qué haces aquí solita? ¿No están tus padres? ¿Y tus amigos?
-Mis padres están trabajando y mis amigos me han dejado sola.
-Vaya. Tenemos algo en común. A mí también me ha dejado solo mi mejor amiga. Se llamaba Musa.
-¿Y por qué te ha dejado solo si era tu mejor amiga?
-Pues no lo sé. Supongo que me aprovechaba demasiado de ella. ¿Sabes? Yo soy escritor y todas mis historias salían de ella. Ella era la que me decía qué tenía que escribir. Supongo que se cansó de darme tantas ideas para escribir.
-Mis amigos me han dejado sola muchas veces. Pero siempre vuelven. Seguro que Musa también lo hará.

Pablo sonrió tristemente y se sentó en uno de los bancos. Abrió su cuaderno y cogió el bolígrafo. Nada. La mente estaba en blando. Miró al suelo. De repente, sintió una mano sobre su hombro. Era la de Laura.

-Yo no me llamo Musa. Me llamo Laura. Pero tal vez pueda ayudarte. ¿Por qué no escribes sobre los niños? Puedes explicar sus juegos. O también puedes imaginarte cómo una madre regaña a un niño y cómo éste niño intenta decirle a la madre que él no ha hecho nada. Lo siento, no sé explicarme bien.
-Te he entendido perfectamente.
-Me gustan mucho las estrellas. Siempre pienso que en cada una de ellas hay un ángel que nos observa, nos protege y de vez en cuando nos concede algún deseo. Si hay dos estrellas muy juntitas, es que dos ángeles se han enamorado.
-Vaya… Eso es muy interesante.
-Mira. Te la regalo.

Ángela le dio a Pablo una pluma de algún pájaro.

-Antes escribían con plumas, y según mis profesores, antiguamente escribían muy bien. Te la regalo para que tú escribas tan bien como ellos.

Pablo sonrió y cogió la pluma. Cuando llegó al hotel, pasó lo que tanto esperaba. Comenzó a escribir. Y empezaba así la historia.

Tanto tiempo creyendo que la inspiración se llamaba Musa, un día descubrí que se llamaba Laura y que era una niña de no más de siete años.

[Cuando sea mayor quiero ser como tú]

[Cuando sea mayor quiero ser como tú] Llegaste a mi vida sin avisar. Creí que se me caía el mundo encima cuando me enteré. No te puedes imaginar la de veces que he llorado por tu llegada. Y para colmo, todo era malo. Mi barriga comenzó a hacerse más grande. Las náuseas, los vómitos y los tremendos dolores de cabeza me acompañaban a cada paso.

Empecé a notar cómo había una vida nueva dentro de mí. Y es por esto que volví a sonreír. Pero esta vez con más ganas y más fuerzas. Volví a tener una ilusión. Recuerdo que me encantaba pasear por delante de los escaparates de las tiendas de bebés. Me encaprichaba de todos los conjuntos que veía.

¡Tuve antojo de fresas! De ahí que tengas una mancha color canela con forma de fresa en el tobillo. Podría pasar horas contando anécdotas de mi embarazo.

Un par de semanas antes de traerte al mundo, el miedo se apoderó de mí. No paraba de pensar en cuánto me iba a doler o en si tú vendrías bien. También se me venía a la mente cómo te iba a educar, si sería una buena madre, si lograría no mimarte demasiado, etc. Cuántos interrogantes se me acumulaban en la cabeza…

Cuando quise darme cuenta, ya te tenía entre mis brazos. Esa sensación de emoción, de amor, de alegría, es indescriptible. Me sentí la mujer más rica del mundo cuando te vi. Y es que tenía un tesoro; el tesoro más hermoso que jamás había visto. Me daba reparo tocarte demasiado porque te sentía tan frágil que temía hacerte daño. Tus manos tan pequeñitas, tus ojitos y tus piernas “rechonchas”. No podía dejar de mirarte. El día se me hacía pequeño. Necesitaba más horas para recrearme en ti. Todos mis miedos se esfumaron cuando por fin te tuve junto a mi pecho.

Después de esa maravillosa sensación, vinieron millones más. Verte crecer, cuidarte, protegerte, hacerte feliz, se convirtieron en mis prioridades. Es increíble cómo cambia tu vida de la noche a la mañana. Lo que antes era lo más importante, ahora es una memez. Todas esas cosas que para la mayoría de las madres es un fastidio, para mí eran el paraíso. La hora de la comida, la hora de la ducha, la hora de los juegos, los cambios de pañales, las noches en vela…

Te convertiste en el motor de mi vida, en mis alas, en el viento que las mueve. Eres mi pequeño ángel, mi pequeña princesa, mi más preciado tesoro. Tienes sólo cinco años, pero no te imaginas todo lo que aprendo contigo. Te tengo que agradecer tantas cosas… Gracias por tu sonrisa, por hacerme sonreír, por lograr que le quite importancia a los problemas, por endulzar mi vida, por lograr que vuelva a ser una niña, por tus juegos locos, por todas esas cosquillas que tienes y que disfruto tanto haciéndotelas… En fin, gracias por haber bajado del cielo y entrar en mi vida.

Los mayores deberíamos dejar de ser tan adultos y aparcar todas esas discusiones tontas que tenemos. Deberíamos pasar más tiempo con los niños, escucharos más y por supuesto, jugar con vosotros. De esta forma, todos recordaríamos que una vez fuimos niños y el mundo se presentaba a nuestros pies como una maravilla y no como lo vemos ahora. Los niños deberían enseñar y los mayores aprender. Y tú, mi cielo, eres una niña. Eres mi niña. Y espero que lo sigas siendo siempre, que Peter Pan nunca te suelte de la mano.

¿Sabes? Cuando sea mayor, quiero ser como tú, mi niña.

Te quiere: Tu madre.

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(Esta historia no se refiere a mí. Que tengo 18 años y aún no he tenido hijos jaja)

Sonríe, sonríe, sonríe.

¿Quién te ha dicho que no eres especial?

Lo eres. Y también eres única.

Abre los ojos y mira al frente.

Grita, vuela, sonríe.

Haz lo que sea para volver a ser feliz.

Que la vida son dos días.

Y el primero ya lo estás desperdiciando.

¿Él no ha querido que estuvieses en ese juego de dos?

¿Prefirió jugar con otra?

No importa, mi niña.

Llegará el día en el que no pares de jugar.

Con alguien que realmente te merezca.

Deja de derramar lágrimas.

Deja de reprocharte cosas sin sentido.

Sonríe, sonríe, sonríe.

Extiende tus alas y emprende el vuelo.

Ve hacia ese lugar que tanto deseas.

Y si algún día crees que tus alas se van a cansar de volar,

dame la mano, y yo seguiré agitando las mías

para que nunca caigas.

Pero, ahora...

Sonríe, sonríe, sonríe.

Dedicado a Marga y Bruixeta.

[Pero estaba feliz]

Ana estaba entusiasmada de hacer su primer viaje. Sólo tenía seis años. Era la primera vez que salía de su pueblo. Se preguntaba qué le esperaba en aquél nuevo destino. No sabía nada de lo que iba a ver. Pero estaba feliz.

Yo estoy segura de que se lo pasará genial ;)

Voy a estar hasta el martes ausente porque estoy en Madrid. Espero que tengáis un buen fin de semana.

Besitos a todos. Nos leemos a la vuelta!

[El silencio]

[El silencio] Érase una vez una canción sin música. Viajó por todo el mundo esperando que alguien la oyera, pero todos le daban la misma respuesta:

-¿Qué quieres que oiga? No tienes nada.

Pero no desistió. Fue a grandes ciudades, a hermosas pueblos, a altas montañas y a vastos valles. Le preguntaba a las flores si escuchaban algo. A los perros, a los ciervos, a los hombres, a las mujeres, al sol, a las nubes. Nadie escuchaba nada.

Para todos era una canción sin música.

Un día, a punto de tirar la toalla, llegó a un pueblo de mar. Se acercó hasta la playa y habló durante un largo rato con el mar.

-Nadie me escucha. Todo el mundo dice que no tengo música. –Le dijo la canción al mar.
-Pero no te preocupes, amiga. De mí dicen lo mismo. Todo el mundo cree que sólo soy agua, y nadie escucha mi melodía. Pero hay un niño que no opina igual que el resto. Tal vez deberías ir a él.

El mar le indicó dónde vivía ese niño. ¡Y hacia allí se dirigió rápidamente! Cuando llegó al lugar, pudo comprobar que era un sitio horrible. La suciedad salí por todas las esquinas. La oscuridad reinaba en toda la calle. Le gente caminaba con un gesto de tristeza en la cara. Era un barrio pobre. Después de observar durante un tiempo, vio al niño que le había descrito el mar.

-¡Hola! ¿Eres Diego?
-Sí, soy yo.
-Me ha dicho el mar que hablara contigo. Tengo un problema, y es que soy una canción sin música.
-¿Sin música?
-Bueno, al menos para el resto del mundo. El mar me dijo que a él le ocurría lo mismo, pero llegaste tú y le demostraste que él tenía una melodía preciosa. ¿Me podrías ayudar?
-Tú no eres una canción sin música. Tu música es el silencio. El silencio es uno de los regalos más bellos que tenemos pero que muy pocas personas saben apreciar. Por eso todo el mundo te ha dicho que no tienes música.
-Pero el silencio no es música… ¡No hace ruido!
-¿Acaso el ruido es música? Toda melodía que nos haga sentir bien, es música. Tu melodía es una melodía silenciosa. Es una melodía que muchos desean tener pero no lo consiguen.
-Vaya… Entonces, ¿soy importante?
-Claro que sí. Cuando más agobiados estamos, más estresados o más cansados, ¿qué es lo primero que pedimos?
-Silencio…
-¿Y tú qué eres?
-El silencio…

Fue el silencio corriendo a darle las gracias al mar por su recomendación. Nunca imaginó que un niño pequeño fuese quien le explicase lo que era realmente.

Desde aquél día, todo el mundo comenzó a valorar más al silencio. Él era el que hacía que los bebés se durmieran, él era el que se colaba en las discusiones para apaciguar el ambiente, él era el que se sentaba al lado de las personas para tocar su sinfonía y calmar así su alma.

¡Hasta le dedicaron frases! Habla sólo cuando tus palabras sean más bellas que el silencio.

Aún hay gente que piensa que el silencio no es música. Pero ya no le importaba. Había un niño que creía en él y que le había demostrado que era algo fundamental en el mundo. Que era una melodía silenciada.

[Pasan las horas]

[Pasan las horas] Las arrugas de su piel delataban los largos años de su vida. Había regresado a su lugar de origen, al pueblo donde nació. Los recuerdos se agolpaban en su mente. El parque, la plaza, ese árbol con sus nombres tallados. Recordaba cada uno de los rincones como si fuera ayer. Se percibía en el ambiente los mismos olores que cuando era joven. La pastelería de la esquina, los guisos de la señora Manuela (que ahora eran de su hija pues cocinaba tan bien como su madre)… Todo había cambiado realmente, pero para Carmen el tiempo no había pasado en aquél lugar.

Llevaba ahí una semana ya, y sentía que había rejuvenecido, pero en el fondo de su alma, sabía que sólo era un sentimiento. Que estar de nuevo en aquél porche donde había pasado tantas tardes, sólo podía suponer la proximidad del final. Y esto le entristecía.

Pasaba las horas muertas en esa butaca, al aire libre. Recordaba su primer amor, su primer beso. Se acordaba de su marido, de los nietos que había dejado en la ciudad. Sentía una nostalgia muy grande.

Pero no dejaba de sonreír. La vida le había tratado muy bien. La mayoría de los recuerdos que tenían en su mente eran muy buenos y jamás se arrepintió de nada de lo que había hecho.

Carmen era una señora viuda de ochenta y nueve años. Pese a su edad, conservaba aún cierta hermosura. Pero nada comparado con años atrás. Estaba enamorada de la vida. Y no se quería marchar. Esa idea le aterraba.

Una noche de verano en la que la hija de Carmen salió a pasar el fin de semana en la ciudad, decidió Carmen subir al altillo para comprobar si aún seguía ahí.

Montones de trastos, de objetos inútiles, rotos, se agrupaban en ese pequeño cuarto. Montañas de polvo cubrían esas viejas cosas. Cuando ya creía que posiblemente lo había tirado años atrás, su vista se tropezó con él.

Era un baúl de cuero bastante grade. La suciedad apenas dejaba ver el color del baúl. Carmen lo limpió un poco con la mano y dejó escapar un suspiro antes de abrirlo. Giró la llave. Dentro de él, había ropa, trapos y varias cosas inútiles. Pero también había una caja de cartón que contenía cartas, fotos, restos de flores, mechones. Recuerdos que marcaban y contaban toda una vida. Y ahí seguían, inmunes al paso de los años.

Carmen sintió un escalofrío cuando cogió la primera foto. Era de Ignacio y ella. Tenían diecisiete años. Fue su primer amor. Después de esa foto le siguieron otras muchas. Sus primeras vacaciones en la playa, las meriendas en el campo, fotos con sus padres, su boda, el nacimiento de su primera hija, etc. Tenía muy buena memoria, y aquella noche lo revivió todo como si estuviera pasando en ese mismo momento.

Dedicó un largo rato a observar las fotos y a leer las cartas de amor de su marido. Cuando terminó de verlo todo, cerró la caja y se la bajó con ella al porche. Se balanceó en su butaca. Se dio cuenta de que la vida ya había pasado, pero no tenía por qué estar triste. Había sido muy feliz y había hecho feliz a mucha gente. Tenía muy buenos recuerdos de todos los días de su vida. También tenía alguno malo, pero eso le sirvió para no cometer errores.

Siguió balanceándose en su silla mientras sonreía. De repente, vio a su marido acercarse a ella. Carmen le dedicó una gran sonrisa. Y cerró los ojos.

[Locura de mar]

[Locura de mar] Érase una vez una niña que amaba el mar. Se podía sentar horas y horas en la arena mojada. Le gustaba sobre todo sentarse allí en invierno, porque no había nadie y así no le molestaban.
Solía decir que hablaba con el mar, pero nadie le creía. Y decía la verdad.

-Hola María, te he echado de menos –Comenzó a susurrarle el mar.
-Lo siento, ayer no pude venir. Tenía hoy un examen de matemáticas y mi madre no me dejó salir.
-No te preocupes. ¿Qué tal te ha salido el examen?
-Bueno… No me gustan las matemáticas, pero no ha salido mal del todo.
-Eso está bien. Y hoy, ¿no tienes nada que estudiar?
-Ya he hecho mis deberes. Y quería venir aquí para hablar un poco contigo.
-Te noto algo triste… ¿Hay algo que te preocupa preciosa?
-Mi padre… Se ha ido hoy en su barco pesquero y hace muy mal tiempo…
-Vaya… La verdad es que sí. Los días nublados y de viento me ponen bastante irritable y es algo peligroso.
-Pero… tú no vas a dejar que le pasa nada… ¿Verdad?
-Puedes estar tranquila. A tu padre no le pasará nada.

Y María se calmó. Siguió yendo cada día a la orilla del mar, para que éste le diera noticias de su padre. Pero la verdad es que el mar era muy cuidadoso con sus secretos y le contaba poco.
Un día, María comenzó a llorar.

-¿Por qué lloras, niña? –Preguntó el mar preocupado.
-Echo de menos a mi padre… Ya tendría que haber venido, pero no lo ha hecho.
-Ha llegado a un sitio donde hay muchos peces, de todos los tamaños y colores. Y está aprovechando, preciosa. Ha tenido suerte esta vez, pues vendrá con una gran captura.

Pero esa no era la verdad. El mar quería a esa niña como si fuera su hija. Cuando María le hablaba de su padre o de su madre, el mar montaba en cólera por los celos. Pero la niña, en su ingenuidad, pensaba que algún pescado le había hecho algo que le había molestado. El mar quería a María para él solo. No estaba dispuesto a compartirla. De modo que, aprovechando que su padre salió a pescar, lo retuvo en sus adentros, impidiéndole volver a tierra con su familia.
El mar, no le hizo daño al padre, tan sólo no permitió que volviera. Y no iba a hacerlo jamás. María estaba más unida a él que nunca, y no estaba dispuesto a perderla con el regreso de su padre.
Pasaron ya cinco meses desde la marcha del padre de María.

-Mar, te agradezco todo lo que me ayudas y todos tus intentos por hacerme feliz. Te lo agradezco de todo corazón. Pero mi alma llora… Llora porque le falta lo más importante. Tengo que pedirte algo… Le he escrito una cosita a mi padre, para que no piense que me olvido de él. Voy a meter la nota en una botella de cristal. ¿Podrías hacer que la botella llegara hasta ese banco de peces de todos los colores y tamaños que ha hecho que mi padre se olvide de nosotras?

La mirada de María expresaba todo el mal que le estaba ocasionando la lejanía de su padre. Y el mar se dio cuenta. María, al no recibir respuesta del mar, no pudo evitar que las lágrimas comenzaran a rodar por sus mejillas. Una de esas lágrimas, cayó sobre el mar. Entonces, éste comprendió que no le servía de nada tener a esa niña que tanto amaba si ella era infeliz, si ella quería otra cosa… No servía de nada. Y como el amor que el mar sentía por María abarcaba toda la inmensidad, aceptó su petición.

-No llores más, mi niña. Si es lo que deseas, y eso te hace feliz, a mí también me hará feliz. Lanza la botella lo más lejos que puedas. Yo me encargaré de que tu padre la lea.
-¿Me lo prometes?
-Te lo prometo.

María sonrió por un instante. Secó sus lágrimas y se levantó. Metió la nota en la botella de cristal que había conseguido y la cerró con un tapón de corcho que su abuela le había dado. Caminó mar adentro sin importarle que sus pantalones nuevos se les mojaran. Lanzó con todas sus fuerzas la botella, y pudo ver como ésta se iba alejando de ella poco a poco.

Tres días más tarde, la botella llegó al lugar dónde estaba el padre de María. Él estaba triste, desesperado y hambriento pues la comida comenzaba a escasear. Vio una botella de cristal aproximándose a él. “Qué raro… Llevo aquí meses enteros sin ver rastro alguno de civilización y ahora aparece una botella.” Pensó el padre de María. Cuando la botella llegó a su lado, la cogió. Comprobó que en su interior había un mensaje. Quitó el tapón de corcho y sacó la nota.

“Hola papi. Llevas muchos días fuera de casa. El mar me ha dicho que has encontrado un banco de peces de muchos colores y de todos los tamaños y por eso te has quedado allí. Pero yo te echo de menos… Y mamá también. Estoy deseando que vuelvas a subirme a tus hombros, que me vuelvas a hacer cosquillas, que me vuelvas a decir que soy la niña de tus ojos… Por favor papi, vuelve con nosotras. Te quiero mucho y te extraño más. No lo olvides.”

El mar se conmovió al ver la nota tan sincera que la niña le había mandado a su padre.

Tres días más tarde, mientras María mantenía su charla diaria con el mar, vio aproximarse hacia ella un barco pesquero y un señor saludando desde la lejanía.

María volvió a sonreír. Y también volvió a subirse a los hombros de su padre, volvió a sentir la risa que le producían esas cosquillas que su padre le hacía. Y volvió a sentir que era la niña de sus ojos.

Y el mar fue feliz porque su niña pequeña volvió a sonreír.

[La moneda mágica]

[La moneda mágica] Érase una vez una moneda mágica. Había viajado por todo el mundo. La gente le soltaba en supermercados, en tiendas de ropa, en cines, en cafeterías… Comenzó en China y llegó hasta España pasando por Francia, por Italia, por Inglaterra, por Alemania, etc. Pero nadie se fijaba en la magia de esa moneda. Todo el mundo la veía simplemente como un objeto de cambio.
La llegaron a tirar al suelo, a las papeleras, a bolsillos rotos que hacía que volviera al suelo… Y la moneda sólo quería que la pusieran en su lugar: en una fuente. Daba igual qué fuente fuera. Total, todas las fuentes son mágicas siempre y cuando la moneda también lo sea. Pero nadie le hacía ese favor a la moneda.
Un día, la moneda fue a parar a un bar bastante sucio. La grasa hacía que los pies se te pegaran en el suelo. La moneda estaba sobre la barra, y un señor sin darse cuenta le dio un codazo y la tiró al suelo. ¡Quedó pegada! La moneda, desde su posición pudo observar como se acercaba a ella una señora con unos largos tacones. Intentó por todos los medios moverse para no ser pisada, pero sus intentos fueron inútiles. Cuando quiso darse cuenta, estaba pegada a la suela del tacón de la señora.
Salieron juntas a la calle, y la señora notó que tenía algo en la suela. Se miró y comprobó que era una moneda. Se la quitó y la tiró. La moneda rodó y rodó, pasando entre las piernas de la gente, por debajo de los coches, subiendo y bajando de la acera. ¡Qué mareo tenía cuando por fin se paró!
Estaba en la acera junto a un árbol. A su lado había un niño. Estaba botando una pelota. La moneda sintió de nuevo miedo de que la pelota acabara encima de ella. Pero para sorpresa de ella, se acercó el niño y la cogió.

-Una moneda. Pero es rara… ¿De qué país será?

Metió la moneda en su bolsillo y se marchó a casa pues ya comenzaba a oscurecer. La moneda estuvo atenta a las conversaciones que el niño mantuvo con su madre y su hermano. Así averiguó que se llamaba Alberto y que tenía once años. La moneda sabía que los niños tenían un sexto sentido para detectar a los objetos mágicos. Su esperanza volvió a encenderse. Pensó que si lograba hablar con Alberto, éste sabría que era mágica y podría ayudarle a volver a una fuente.
Llegó la hora de irse a la cama. Antes de acostarse, Alberto sacó la moneda del pantalón que se había puesto por la tarde y la miró. A la moneda le hubiera gustado saber qué pensaba en ese momento Alberto, pues él sonreía y no sabía por qué.
Cuando Alberto casi estaba dormido, la moneda comenzó a llamarle.

-¡Alberto! ¡Despierta Alberto!
-¿Cómo? -Respondió adormilado.
-Aquí, en la mesa. ¡La moneda!

Alberto se dirigió a su escritorio y miró a la moneda. No daba crédito a lo que sus ojos estaban observando.

-Sé que te resultará extraño que una moneda hable. Pero soy una moneda mágica. He viajado por todo el mundo y nadie se ha detenido a observarme. Tú sí lo has hecho y te has dado cuenta de que soy diferente. Me tienes que ayudar Alberto. Quiero ir a mi lugar. ¡Llévame a alguna fuente, por favor!
-¿A una fuente?
-Sí. Las monedas mágicas tenemos que estar en fuentes para no perder nuestra magia. Y yo llevo demasiado tiempo rodando… Si no llego pronto a alguna fuente, me convertiré en una moneda corriente, sin magia. Tienes que ayudarme…
-Bueno, pero ahora no puedo salir de casa. Es tarde y mi madre me castigará. Mañana te llevo a la fuente de la plaza, ¿vale?
-Muy bien. Descansa, entonces.

Alberto tenía una imaginación extraordinaria, y pese a que al principio se extrañó que una moneda le hablara, no tardó en creerse la situación.
A la mañana siguiente, Alberto salió antes de casa. Cogió la moneda y se la metió en el bolsillo de la chaqueta. De camino a la fuente de la plaza, se encontró con su amiga Sara.

-¡Hola Alberto! ¿Ya vas a clases?
-No, tengo que ir a la fuente de la plaza.
-¿A la fuente? ¿Para qué?
-Si te lo digo no me creerás y pensarás que estoy loco.
-Soy tu amiga, y si en todo este tiempo no lo he pensado, ¿por qué voy a hacerlo ahora?

Alberto le explicó a Sara todo lo que había ocurrido. Mientras tanto, la moneda escuchaba atentamente la conversación. Alberto y Sara fueron juntos hasta la plaza. Cuando llegaron, Alberto sacó la moneda.

-Bien, ya estás aquí. Ahora dime qué hago.
-Muchísimas gracias por haberme ayudado. Y a ti también Sara, por no haber dudado de tu amigo. Ya te dije que soy mágica, Alberto, así que como agradecimiento os concedo a cada uno un deseo. Cerrad los ojos y pedidlo. Luego, lánzame a la fuente.

Sara y Alberto cerraron los ojos y pidieron sus deseos. Se quedaron durante un rato mirando la fuente. La moneda brillaba en el fondo debido al reflejo del agua junto a los destellos del sol. Era muy bonito.
Después del colegio, Sara encontró en su habitación la muñeca que tanto pedía y nunca le daban y Alberto por fin consiguió los patines que había visto anunciar en televisión.
Desde ese día, Alberto intentaba buscar monedas mágicas por la calle. ¡Incluso cuando era mayor lo hacía! Pero no volvió a encontrar otra. Sin embargo, sí veía las monedas en las fuentes y a personas pidiendo deseos justo antes de lanzar la moneda al agua. Y siempre se le venía a la mente aquella moneda mágica que rodó hacia él un día cualquiera.

[La verdadera historia de Romeo y Julieta] 2 de 2

[La verdadera historia de Romeo y Julieta] 2 de 2 ¿Pero qué pasó con Julieta y Romeo mientras tanto? Dedicaban el día a regalarse intensas miradas de enamorados, a dejar escapar de vez en cuando un apasionado beso o una suave caricia. Mientras todos pensaban en un solo día, el de la boda, ellos pensaban en toda una vida, la que iban a compartir juntos. Vivían de forma paralela a los acontecimientos que sucedían en Verona, tras la agitación producida después de la sorprendente noticia de la boda. Todo les daba igual. Se amaban, lo demás carecía de importancia. Y ahora ya no tendrían que besarse a escondidas. Romeo ya no tendría que esconderse en las sombras de los jardines de Julieta para decirle cuanto la quería, y ella no tendría que temer estar en su balcón escuchando las preciosas palabras de su amor. Todo iba a cambiar. Por fin, tendrían la ansiada felicidad.
Mayo llamaba a las puertas. El frío había pasado y el ambiente era cálido y confortable. Los árboles se vestían con hojas de un verde llamativo, como si intentaran provocar. Las flores comenzaban a salir tímidamente y el sol brillaba con más fuerza que nunca. Llegó el gran día. Todos estaban contentos con sus ropajes, sus voluminosos peinados, con la decoración, etc. Incluso los Montesco y los Capuleto estaban felices y hablaban entre ellos. Ya estaban todos sentados en la lujosa catedral de Verona, esperando a los protagonistas. El primero en llegar fue Romeo, como era de esperar. Llevaba un traje de la época precioso, bordado con hilos de oro y hecho con la mejor tela del mercado. Pero no era su ropa lo que más llamaba la atención. Eran sus ojos y su sonrisa, que brillaban como si tuvieran luz propia. Irradiaba felicidad por cada poro de su piel y con esta estampa logró hacer sonreír también a todos los asistentes a la ceremonia. Estaba muy nervioso y no podía quedarse quieto ni un instante. Se le hicieron interminables los minutos de espera antes de que llegara la novia al altar.
Pero, como todo en esta vida, nada es eterno. La música comenzó a sonar y todos se pusieron en pie para recibir a Julieta. Llevaba un vestido ceñido de seda color champán, con una larga cola y un velo de encajes. Su larga melena estaba suelta, con escasos adornos. Estaba espléndida con la sencillez de su traje. Todos estuvieron de acuerdo que era la novia más guapa que había pasado por esa catedral, aunque este comentario dio lugar a algunas envidias entre ciertas señoras… Iba con paso firme al encuentro de su amado.
Sus miradas se encontraron y fue tan emocionante ese momento que no pudieron evitar al fondo los suspiros y las lágrimas.
Romeo tomó entre sus manos las de Julieta y ahora le tocaba hablar a su corazón. Le susurró dulcemente lo bella que estaba y lo feliz que era por tener a esa mujer tan maravillosa a su lado. Ella no podía hablar de la emoción.
La ceremonia fue preciosa y el banquete espectacular. Se estuvo hablando del evento durante los dos meses posteriores. Todos quedaron encantados, ¡e incluso las familias de los novios!
Romeo y Julieta se fueron a vivir a una casa pequeña a las afueras de la ciudad, para poder vivir su romance en solitario sin tener que oír los comentarios de la gente. Estuvieron toda la vida juntos y ese fue el mejor regalo que recibieron nunca. Tuvieron hijos y fueron felices. Muy felices.

(Dedicado a Nimué y su kaos, que sé que quería que alguien escribiera un final feliz para esta pareja de enamorados).

[La verdadera historia de Romeo y Julieta] 1 de 2

[La verdadera historia de Romeo y Julieta] 1 de 2 Hace tiempo, escribí esta historia en mi anterior blog. Ahora he hecho cambios. El final es totalmente distinto al anterior y en el inicio también hay algunas variaciones. Por cierto, en el relato de ayer... ¡¡¡La historia no iba por mí!!! jajaja.

Dedicado a Nimue.

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Tras numerosas peleas entre Montesco y Capuleto, Julieta y Romeo consiguieron su propósito.
Fue en uno de los bailes de los Capuleto, cuando el padre de Julieta hizo pública su conformidad ante el romance de su hija con un miembro de la familia que era su eterno rival. Todos los asistentes a la fiesta quedaron boquiabiertos ante tan insólita y asombrosa noticia. Hubo todo tipo de comentarios. Una minoría se mostró contenta por la decisión del padre de Julieta. La inmensa mayoría mostró su disconformidad con abucheos, gritos, burlas y demás.
Pero a él le daba igual. Sólo quería la felicidad para su hija. Julieta no paraba de llorar de la emoción, y su madre de la tristeza.
La fiesta continuó toda la noche, pero ya nada era lo mismo. Los cuchicheos se habían convertido en la música de fondo de aquella reunión de Capuletos.
Mientras tanto, en la casa de Montesco, todos estaban de celebración también, pero de una forma distinta. Ellos ya sabían la decisión de su oponente. Y aunque no les entusiasmaba demasiado tener como parientes a los Capuleto, se tomaron muy bien la noticia ya que Julieta era la mejor de toda esa casta.
Simultáneamente, salieron Julieta y Romeo de sus respectivas casas para encontrarse en la plaza del pueblo. Se vieron en la distancia. Corrieron a su encuentro y en cuanto pudieron se fundieron en un hermoso y apasionado beso.
Estuvieron juntos durante horas, hablando de lo que había sucedido. Aún no habían salido de su asombro. En el fondo no se lo creían… Pero ahí estaban, demostrando su amor por las calles de su pueblo sin miedo a que los pudieran ver. Por fin había llegado su momento.
Ambos sabían que los próximos días iban a ser ajetreados para los dos. Tenían que preparar una boda espectacular. Todo el mundo hablaba de ese gran acontecimiento. Iban a adornar el pueblo, a preparar los salones de una forma asombrosa. Los invitados se pondrían sus mejores galas. Iba a ser la fiesta del año. Una Capuleto y un Montesco contrayendo matrimonio… ¡Quién lo diría!
Comenzaron a vestir al lugar con los colores más llamativos que tenían. Pusieron todo tipo de guirnaldas, papeles de colores, luces en los árboles, grandes alfombras rojas en el suelo. Verona estaba preparada para el acontecimiento.
Tardaron más de tres semanas en preparar las calles, la catedral, la mansión de los Capuleto, etc. Todos estaban entusiasmados. Los caballeros preparaban sus vestimentas con el mayor de los cuidados, sin dejarse ningún tipo de detalle atrás. Las señoras se vestirían con sus mejores galas y decorándose con todo tipo de complementos. ¡Hasta los niños pequeños deseaban que llegara el gran día! Para ellos estaba previsto un castillo enorme de juguete con numerosos entretenimientos y dulces en su interior. Todo estaba saliendo a pedir de boca.
De todo esto se encargaron los familiares de los novios. ¿Pero qué pasó con Julieta y Romeo mientras tanto¿

Pide un deseo.

Pide un deseo. Asómate a la ventana y mira al cielo.

¿Es de noche? ¿No? Pues espera un poquito.

¿Ya lo es? Mira a las estrellas.

¡Busca la tuya! Y cuando la encuentres, pide un deseo.

Cuando yo vea la mía mi deseo será

que el tuyo se cumpla.

[Un sitio especial]

[Un sitio especial] Raquel se quedó boquiabierta cuando, al despertarse, el libro no estaba encima de su mesilla de noche. Intentó hacer memoria de lo que había ocurrido, pero por más que pensaba, no encontraba explicación. De repente, un leve recuerdo se le vino a la mente.
Días atrás, la señora Josefina le había dicho que la llevaría a un lugar muy especial. Josefina era una señora de setenta años que pasaba mucho tiempo con Raquel porque los padres de la niña trabajaban y apenas tenían tiempo para ella. Josefina disfrutaba mucho cuando Raquel iba a su casa. Sólo tenía nueve años y eso a la señora Josefina le daba vitalidad, energía, vida.

-Entre semana tienes cosas que hacer. Los deberes, los exámenes, las clases de baile, natación… Así que apenas te queda tiempo para salir y disfrutar. Pero este fin de semana vamos a ir a un sitio que nunca has estado. Un sitio mágico… Si tus padres lo permiten, por supuesto.
-¿Y qué tiene ese sitio de especial? –Contestó Raquel sin darle demasiada importancia- A mis padres seguro que no les importa. Estarán muy ocupados, como siempre.
-Ahora no te voy a decir qué tiene de especial. Lo tendrás que descubrir por ti misma. Pero ya verás como no te costará averiguarlo.

Al principio, Raquel no mostró mucha ilusión, pero por la noche, cuando llegó a casa, comenzó a pensar.

-Un sitio especial… Donde no he estado nunca. ¿Me llevará a un bosque? No creo, eso no tiene nada de especial. Ah, ya sé, iremos de picnic, que sabe que estoy deseando hacer uno. Pero dijo también que era mágico… Y un picnic no tiene nada de magia. Bueno, el sábado lo veré.

Cuando la señora Josefina le dijo a Raquel de ir a ese sitio era martes. La semana había pasado volando. Habían estado muy liadas las dos y apenas habían percibido que los días pasaban.
Llegó el sábado. Fin de semana. ¿Destino? Lugar mágico. La señora Josefina se pasaría a por Raquel a las cinco de la tarde. Primero la llevaría a merendar a la cafetería que tanto les gustaba a las dos. Después irían al sitio equis.

-¿Queda mucho? –Preguntó Raquel impacientemente.
Josefina rió.
-No, dentro de unos cinco minutitos llegaremos.
-¿Pero no me vas a explicar cómo es ese sitio ni nada de nada?
-Pero, a ver… Si estamos ya llegando. En unos minutos lo vas a ver con tus propios ojos. ¿Para qué quieres que te lo explique ahora?

Raquel refunfuñó. Pero Josefina tenía razón. En apenas cinco minutos, llegaron a un callejón bastante oscuro. Al fondo de este, había una tienda pequeñita con una puerta más chica aún. Josefina llamó a la puerta. Alguien miró a través de la mirilla y Josefina le sonrió. Raquel no entendía nada. Cuando la puerta se abrió, Josefina y Raquel entraron. Primero atravesaron un pequeño pasillo, estrecho y con apenas iluminación. Después abrieron otra puerta y llegaron a ese lugar tan maravilloso que Josefina había estado escondiendo.
Era una librería. ¡Y estaba llena de gente! Raquel no comprendía como de una puerta tan pequeñita podía aparecer un sitio tan grande. Tenía cuatro plantas y en cada planta había más de mil estanterías llenas de libros. Había personas por todos lados. Algunos buscando algo, otros hablando y lo que más llamó la atención de Raquel fue que había muchos que estaban sentados o tumbados en cómodos sofás con los ojos cerrados.

-Bueno, bueno, bueno… Así que tenemos una nueva amiguita con nosotros –Comenzó diciendo el dueño de la librería.
-Sí, creo que ya era hora de que viniera. Sé que le encantará este sitio. Y estoy segurísima de que vendrá siempre que tenga tiempo. –Le dijo Josefina.
-Bien pequeña, ¿te ha explicado Josefina en qué consiste esta librería?
-Pues no… ¡Pero yo le he preguntado y ella no ha querido decírmelo!
-No te preocupes que ahora te lo explico yo todo. En primer lugar, si has llegado hasta aquí es, sin duda, porque eres una niña especial. En segundo lugar, decirte que no debes hablar con nadie de este sitio. ¿De acuerdo?
-De acuerdo.
-Esto es una librería, como has podido comprobar y escuchar, puesto que te lo he repetido un millón de veces por lo menos. ¡Pero ojo! No es una librería cualquiera. ¿Has abierto alguno de los libros que hay aquí?
-Pues no…
-¿Y a qué esperas? ¡Corre y coge uno!

Raquel fue corriendo a la estantería que estaba más cerca de ella. Escogió un libro de tapas rojas con las letras del título en dorado. El libro era Alicia en el País de las Maravillas. Tal fue la sorpresa que se llevó Raquel al abrir ese ejemplar, que casi se cae de espaldas. En su interior no había letras. Al comienzo del libro estaban todos los personajes con vida, saludando desde su interior a Raquel. Y así ocurría en todo el libro. Los personajes se movían, bostezaban, lloraban, reían, se caían… No podía creer lo que estaba viendo. ¡Y se dirigían a ella!
Raquel miró con total asombro al dueño de la librería y a la señora Josefina. Ambos sonreían. Raquel puso el libro en su sitio.

-¿Qué tal? ¿Te ha gustado lo que has visto? –Le preguntó la señora Josefina.
-¡Los personajes se movían! ¡No había letras en el libro! ¡Y me saludaban!
-Ya te dije que no era una librería cualquiera –Respondió el dueño-. Pero hay algo más que no has visto. Es cierto que en los libros no hay letras. En sus páginas, todo cobra vida. ¿Has visto a esas personas que están en esos sofás con los ojos cerrados?
-Sí, los vi cuando entré.
-Muchas de las personas que entran aquí, están buscando algo en especial. Tal vez necesiten algo cómico, porque han tenido un día triste. O quieran una historia de amor. O fantasía… Pero otras no saben muy bien qué buscan. Esas personas no escogen los libros que van a leer. Los libros les escogen a ellos. Tú eres del segundo grupo. Has venido aquí sin saber muy bien por qué. Y cuando has averiguado qué era esto, sigues sin saber qué necesitas. Así que sólo tienes que sentarte en uno de esos sillones y esperar un poco. Un libro llegará a tus manos. Pero no te lo podrás quedar. Cada libro tiene su lugar, y si te lo llevas, él sabrá cómo volver a casa.

Raquel se fue a uno de esos sillones. Se sentó y comenzó a mirar a su alrededor. Todo era precioso. Madera, telas de color rojo, filos dorados… Aquello parecía un palacio. De repente, vio como se dirigía hacia ella flotando en el aire algo envuelto en un halo de luz. Cuando estaba más cerca, pudo comprobar que era un libro. El libro se asentó en sus piernas. Y Raquel escuchó un suave susurro: “Cierra los ojos, pequeña”.
Raquel Abrió el libro y después cerró los ojos. No sabe cómo, pero de repente estaba en un lugar completamente distinto. Estaba en la calle. Todas las aceras estaban limpias, los árboles tenían unas hojas preciosas, las flores lucían sus mejores colores, los niños jugaban en las calles… En el ambiente se apreciaba el olor a pasteles y a comida recién hecha. Un impulso la llevó a entrar en una casa. Ahí le esperaban sus padres. Se sorprendió, pues nunca los había visto de tan buen humor ni tan cariñosos con ella. Poco a poco, fue comprendiendo que el libro que había llegado a ella, era un cuento de una niña pequeña que adoraba a sus padres, que estaba siempre contenta con ellos, que su vida era magnífica. No había ni un día que le faltara un abrazo o un beso. Y compartían mucho tiempo ella, su madre y su padre. Era un cuento precioso. Ese libro había escogido a Raquel porque ella deseaba con toda su alma tener una familia así. Y el fin de esa librería era conseguir que las personas tuvieran lo que deseaban al menos durante un ratito.
Cuando Raquel abrió los ojos, le estaban mirando el dueño de la librería y la señora Josefina.

-No voy a preguntarte qué libro era. Puedes llevártelo si quieres, y así ves las imágenes. Pero recuerda que el libro volverá a su lugar.

De camino a casa, Raquel y Josefina no hablaron. Ojeó el libro antes de irse a dormir y estaba contenta pues al menos vio a sus padres como ella quería durante un ratito. Puso el libro sobre la mesilla de noche y se durmió. A la mañana siguiente, el libro había desaparecido. Raquel estaba sorprendida. Más tarde pensó que todo había sido un sueño, pero en el fondo se negaba a sí misma que fuera así.
Se vistió y fue corriendo a casa de la señora Josefina. Llamó a la puerta y tardó un poco en abrirla porque a la señora Josefina le dolían mucho los huesos por la mañana.

-¡Vaya! Hola cariño, no te esperaba tan pronto.
-Ya… es que el libro…
-Bueno, ¿de qué te sorprendes? Ya te dijo el dueño que volvería a su lugar. Si quieres la semana que viene volvemos.

Una tremenda sonrisa apareció en la cara de Raquel cuando comprobó que no había sido un sueño.

[Risas inesperadas]

Tenía sólo 24 años y ya se quejaba de la vida. Ana era periodista, aunque no lo ejercía por la falta de confianza de los contratantes. Vivía en un apartamento muy pequeño, mal decorado y con muy poca luz. Cada vez que entraba en él, le daba la sensación de estar en una cueva. No le gustaba donde vivía, pero se tenía que conformar con eso porque sus ahorros no daban para mucho más.
Se miraba al espejo y tampoco le gustaba lo que veía. Llevaba gafas, tenía un pelo descuidado y su vestimenta era bastante grotesca. Sus amigos no se portaban demasiado bien con ella. A menudo, intentaban dejarle en ridículo. Se pasaba el día intentando buscar algún trabajo relacionado con el periodismo. Pero cuando le hacían la entrevista previa a la contratación, siempre recibía las mismas respuestas: “Ya le llamaremos nosotros”, “Buscamos a una persona con buen aspecto y que de seriedad a la empresa. Su perfil no cuadra con lo que buscamos”. Infinidad de rechazos.
Todas estas cosas, hicieron que Ana se convirtiera en una persona cada vez más cerrada, más desconfiada y con más complejos que nadie. Pero sólo necesitaba que alguien supiera mirar en su interior. Si alguien lo conseguía, vería que debajo de ese pelo destrozado y de esas gafas anticuadas, había una chica preciosa, con unos ojos que enamoraban y una inteligencia sin igual.
Era martes. Había tenido una mañana muy ajetreada. Durante semanas, había intentado ejercer como periodista. Pero ante el fracaso de su incansable búsqueda, decidió probar suerte en otros tipos de empleo. Así que consiguió trabajo en un supermercado por la mañana, y en una tienda de ropa por la tarde. Eran las cuatro y media. Apenas tenía tiempo para comer. Llegaba a casa a las tres y media aproximadamente y en cuanto acababa se iba al otro extremo de la ciudad para ir al trabajo de la tarde.
El ascensor tardaba mucho en subir. Y esto le desesperaba. En esa espera le daba tiempo a pensar muchas cosas.

“A todo el mundo le ha acompañado la suerte en algún momento de la vida. ¿Por qué a mí no? Tampoco pido mucho… No le gusto a nadie. Nadie me quiere para que trabaje en su empresa. Apenas me llega el dinero para llegar a fin de mes. ¿Me puede ir peor? Y encima soy fea…”

Y llegó el ascensor. Dejó la mente en blanco mientras bajaba. Ese par de minutos lo usaba para relajarse algo. Pero muy poco. Cuando salió del ascensor, escuchó risas de niños en el portal. Miró a su alrededor para ver qué hacían esos niños. “Seguro que están haciendo una trastada.”, pensó Ana. Bajó los escalones y llegó a la parte de los buzones. En una de las esquinas había un niño y una niña. No tendrían más de siete años cada uno. Se estaban riendo a carcajadas limpias.

-¿Qué estáis haciendo? –Preguntó Ana.
-Nada. –Contestaron los dos niños a la vez.
-¿Y de qué os reís tanto?
-No sé… De cualquier cosa. Siempre hay algo de lo que reírse. Y si no lo encontramos, pues nos reímos de nosotros mismo. –Le dijo el niño.
-Sí, es verdad. Tú nunca te ríes… Y te hemos visto llorar más de una vez. ¿Por qué estás tan triste? –Le dijo la niña a Ana.
-¿Y vosotros cómo sabéis que no río? ¿Y que lloro alguna vez?
-Sabemos muchas cosas de ti. Y hemos venido para enseñarte a sonreír y a ser feliz. Vamos a regalarte un poquito de la felicidad de los niños. Nos lo has pedido muchas veces en sueños y ahora, queremos ayudarte.
-Mirad, tengo un poco de prisa. Y no tengo nada de tiempo para escuchar a niños decir tonterías. Así que me marcho. Seguid riéndoos de algo.
-Vale, sabemos que estás muy ocupada con tus dos trabajos. Pero antes de irte, mírame fijamente, Ana.

La niña se acercó a Ana y la obligó prácticamente a ponerse en cuclillas. Cuando sus dos caras estaban en forma paralela, la niña se llevó el puño cerrado a la altura de su boca. Le sonrió a Ana. Extendió su mano y sopló. Unos polvos con mucho brillo cegaron a Ana durante un instante. Cuando recuperó la visibilidad totalmente, los niños ya no estaban. “El cansancio me hace delirar”, pensó. El día transcurrió con total normalidad. Llegó a casa rendida y le faltó tiempo para irse a la cama a dormir.
A la mañana siguiente, el teléfono sonó mientras Ana desayunaba.

-¿Si?
-Hola, buenos días. Le llamamos del periódico Hoy. Hemos estado estudiando su currículum y estamos muy interesados en que trabaje con nosotros. ¿Podría pasarse esta tarde por nuestra redacción para que ultimemos los detalles y le hagamos el contrato?
-¡Por supuesto! A las cinco me paso por allí.
-Perfecto. Hasta entonces.

Ana no se lo creía… Fue corriendo al baño a cambiarse y arreglarse. Se miró en el espejo y recordó la risa de esos niños y todo lo que había ocurrido el día anterior. “Tal vez no fuera un delirio…”. De repente, unas ganas tremendas de cambiar de aspecto se apoderaron de ella. Se quitó las gafas y se puso las lentillas que tanto odiaba. Se quitó la coleta y se soltó el pelo. Llamó al supermercado para decir que esa mañana se encontraba mal y no podría ir a trabajar.
En cuanto se vistió, fue a la peluquería a que le cortaran el pelo y se lo tiñeran de castaño oscuro con alguna que otra mecha. Quedó preciosa. También fue de compras y renovó todo su armario. “Se terminaron las faldas por debajo de la rodilla y los colores apagados”. Vaqueros, camisetas de todos los colores, tops provocativos, ropa interior nueva, mini faldas para salir de noche, trajes de chaqueta para dar buena impresión en el trabajo, vestidos, blusas, etc.
Fue a un local de maquillaje y pidió que le pintaran. El resultado fue increíble. Se puso un traje de chaqueta negro con una blusa debajo. El pelo le daba un toque juvenil y a la vez elegante. Y el maquillaje le dio el toque perfecto. Nadie se hubiera imaginado que Ana fuera realmente así de guapa.
Por la tarde, fue a la entrevista de trabajo y consiguió el puesto. De camino a casa no paraba de sonreír. Jamás había sido tan feliz. Cuando llegó a casa, tenía tres mensajes en el contestador. Eran sus amigos. Y por primera vez, tuvo el valor de decirles adiós. Había nacido una nueva Ana. Sus alas se habían curado y se mostraban más bellas que nunca.
Al final del día, con el pijama ya puesto se asomó a la ventana. Miró al cielo y sonrió. Sabía que en algún lugar estaban esos dos niños riéndose de algo, y seguro que sonreían por ella.
“Gracias pequeños”, dijo en voz alta Ana.

Y era cierto, los dos niños estaban apoyados en unas brillantes estrellas mirando a Ana y riendo. ¿De qué? Esta vez sí tenían un motivo: Le habían dado la seguridad y la felicidad que le faltaba a Ana.

[Buenos días, princesa] 2 de 2

[Buenos días, princesa] 2 de 2 FINAL 1.

-Hola, me llamo Ernesto. Llevo un rato mirándote y me ha llamado la atención que a veces te rías sola.
-Sí, a veces me pasa aunque no quiero… Yo me llamo Eva, encantada.
-¿Puedo sentarme a tu lado?
-Claro, de momento no me he apoderado de esa silla.
-¿Vienes mucho por aquí? Es que nunca te he visto… Y suelo quedarme con la cara de la gente. Y la tuya me resulta algo familiar, pero no precisamente de haberte visto por aquí.
-No, la verdad es que no vengo mucho. He pasado un par de veces por aquí y me gustó el sitio. Pero nunca me había sentado a tomar una copa. Tengo poco tiempo por mi trabajo.
-¿En qué trabajas?
-Soy fotógrafa.
-¡Vaya! Siempre me ha gustado esa profesión. Me resulta muy interesante.

Continuaron con la conversación durante bastante tiempo. En cuestión de un par de horas, habían intimado tanto que parecía que se conocían desde hacía años. Eva no había parado de reír en toda la noche. Le resultaba fantástico ese hombre. Después de unas cuantas copas más, salieron a la pista a bailar.
Eran ya las cinco de la mañana cuando Eva y Ernesto salieron del pub. Ernesto se ofreció a acompañarla a su casa y Eva aceptó. Durante toda la noche, intercambiaron algo más que palabras: miradas provocativas, algún que otro roce y de vez en cuando alguna insinuación. Y durante el camino de vuelto, no hubo menos.
Llegaron a la casa de Eva en unos veinte minutos.

-Bueno, ya hemos llegado. Muchísimas gracias por la velada. La verdad es que nunca imaginé que sería capaz de pasar una noche de fiesta con un extraño y pasármelo tan bien. La vida nunca deja de sorprenderte… Me encantaría repetir.
-Por supuesto. Tu compañía ha sido lo más gratificante que he tenido en el día. Dame tu número y te llamo la semana que viene, ¿vale?
-De acuerdo.

Eva le dedicó una de esas sonrisas que te alegran incluso cuando más triste te sientes. Se intercambiaron los móviles y prometieron que se llamarían.

-Hasta la próxima princesa.

Y le dio un dulce beso en la mejilla a Eva. Ella se quedó parada durante un rato, mirando como Ernesto se alejaba por la avenida. Entró en su portal, y en cuanto subió al ascensor, comenzó a arrepentirse de no haberlo invitado a subir.

-Mierda, Eva… Ese tío valía la pena, y lo sabes. Una vez más, has desaprovechado una gran oportunidad de conocer más profundamente a alguien especial y totalmente ajeno a tu trabajo… Bravo por ti, Eva…

Se tumbó en la cama y todo comenzó a darle vueltas debido a las copas que se había tomado de más. A la mañana siguiente no se tendría que levantar temprano, y eso le reconfortaba algo. Pero dejó escapar una lagrimita… Se sentía sola, y también sentía que ese hombre había llamado a su puerta, dándole una oportunidad para acabar con su soledad, y ella le cerró la puerta en sus narices.

-No me va a llamar... Seguro.

A la mañana siguiente, un mensaje en su móvil hizo que se despertara antes de lo previsto.

“Esta mañana se muestra más radiante que el resto. La luz de tus ojos ha iluminado mi vida. Buenos días princesa”

Y Eva sonrió.

FINAL 2.

-Hola, me llamo Ernesto. Llevo un rato mirándote y me ha llamado la atención que a veces te rías sola.
-Sí, a veces me pasa aunque no quiero… Yo me llamo Eva, encantada.
-¿Puedo sentarme a tu lado?
-Claro, de momento no me he apoderado de esa silla.
-¿Vienes mucho por aquí? Es que nunca te he visto… Y suelo quedarme con la cara de la gente. Y la tuya me resulta algo familiar, pero no precisamente de haberte visto por aquí.
-No, la verdad es que no vengo mucho. He pasado un par de veces por aquí y me gustó el sitio. Pero nunca me había sentado a tomar una copa. Tengo poco tiempo por mi trabajo.
-¿En qué trabajas?
-Soy fotógrafa.
-¡Vaya! Siempre me ha gustado esa profesión. Me resulta muy interesante.

Continuaron con la conversación durante bastante tiempo. En cuestión de un par de horas, habían intimado tanto que parecía que se conocían desde hacía años. Eva no había parado de reír en toda la noche. Le resultaba fantástico ese hombre. Después de unas cuantas copas más, salieron a la pista a bailar.
Eran ya las cinco de la mañana cuando Eva y Ernesto salieron del pub. Ernesto se ofreció a acompañarla a su casa y Eva aceptó. Durante toda la noche, intercambiaron algo más que palabras: miradas provocativas, algún que otro roce y de vez en cuando alguna insinuación. Y durante el camino de vuelto, no hubo menos.
Llegaron a la casa de Eva en unos veinte minutos.

-Bueno, ya hemos llegado. Muchísimas gracias por la velada. La verdad es que nunca imaginé que sería capaz de pasar una noche de fiesta con un extraño y pasármelo tan bien. La vida nunca deja de sorprenderte… Me encantaría repetir.
-Por supuesto. Tu compañía ha sido lo más gratificante que he tenido en el día. Dame tu número y te llamo la semana que viene, ¿vale?
-Tengo una idea mejor… ¿Por qué no subes a casa y nos tomamos la última copa?

Eva se humedeció los labios, y le besó apasionadamente. Mientras subían en el ascensor, dejaron que la pasión comenzara a desatarse.

Ernesto cogió a Eva y la llevó hasta la cama (que aunque nunca había estado en esa casa, supo llegar a ella). Le besó todo el cuerpo y consiguió que cada milímetro de la piel de Eva se estremeciera de placer. Estuvieron así largo rato, embriagándose de amor y pasión.

A la mañana siguiente, Eva tenía pensado levantarse más tarde de lo habitual, pero Ernesto se encargó de que esto no ocurriera. Le acarició un brazo y le besó suavemente. Ella se hizo un poco la remolona.

Ernesto nunca había visto a una mujer tan bella como Eva. Se echó un poco sobre ella y le susurró al oído:

“Esta mañana se muestra más radiante que el resto. La luz de tus ojos ha iluminado mi vida. Buenos días princesa.”